© Gustavo Malet photography
Así lo veíamos continuamente en la televisión y en los periódicos, con lo puños en alto, desafiante, provocador, blandiendo el machete para mostrar lo que le esperaba a los que se opusieran, y sí,  lo que le esperaba a los gringos si se atrevían. «¡Porque yo no le temo a la muerte!» arengaba el hombre fuerte, el que deseaba el enfrentamiento, el que quería demostrar su arte en otros campos que no fueran reprimiendo y decapitando solo opositores. Y es lo que se espera de cualquier general, todavía más de los hijueputas, y es lo que se esperaba del Comandante en Jefe de las Fuerzas de Defensa de Panamá. ¡Patria o muerte carajo! Pero aquel 20 de diciembre tuvo miedo.  Mientras los miembros del ejército que el tenía que liderar iban cayendo uno a uno, él se escondía en la casa de su querida, con la cena calientita. Y mientras cientos y cientos de civiles eran asesinados hora tras hora, día tras día, él se refugiaba en la Nunciatura Apostólica, hasta que a los pocos días no pudo más con lo peor en la guerra sicológica: el bombardeo continuo de heavy metal. Qué miedo. ¿3,000? ¿4,000? ¿5,000 asesinados? Pero el general no está entre ellos. Y no sé cómo Manuel Antonio Noriega, después de 22 años, podrá volver a mirar a los ojos a un panameño.

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